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En propiedad
Superpoblación. Nunca hicimos el caso adecuado. Pero el detonante ha sido el crecer tanto. Y sin control.
Nos hemos pasado un par de siglos preocupándonos por muchas cosas. El riesgo nuclear, el reparto del suelo, la ya muy evidente subida del nivel del mar, el agujero de ozono, los combustibles. Y en último lugar el tamaño de la población.
Pensábamos que el problema sería repartir los recursos entre el creciente número de habitantes del planeta.
Metimos la pata. Hasta el fondo.
Tendríamos que haber dejado de crecer.
Y como no lo hemos hecho, están aquí. Han vuelto. Hace menos de una semana.
El caso es que no nos debería haber extrañado. Está todo en la consciencia colectiva. Está en las historias que hemos pasado generación tras generación. Nos lo contaron con los Elohim, en parte. Otra parte estaba en las historias de vampiros. Había más información en las locuras recogidas sobre hombres-lagarto. Y en las antigüedades audiovisuales de Matrix, V o los Morlocks. Lo sabíamos. No eramos conscientes, pero lo sabíamos.
Aunque nos ha pillado a todos por sorpresa. A todos. Sin excepción.
Nadie preparó ninguna defensa, ni refugio.
Así que han llegado, bajado a las ciudades, y nos están cosechando. Ni siquiera nos recolectan. Nos cosechan.
Marie, de Antropología, dice que los identificadores de sus máquinas son los mismos dibujos e iconos que hay en las pinturas rupestres de Namibia y Sudáfrica. Que las primeras menciones serían de hace casi 10.000 años. Y que el registro más moderno eran algunas tablas encontradas cerca de las ruinas de Babilonia. Después de eso, nos olvidamos de que era verdad.
En el costado de los containers hay un dibujo. Un círculo central rodeado de tres circunferencias. En cada circunferencia hay un círculo más pequeño, pero sólo el de la circunferencia más externa está relleno. Como para diferenciarlo de los otros tres. El tercer planeta. El nuestro. Bajo este dibujo, se ve algo similar a un ideograma. Parece un logotipo.
Jules y Pietr, los más fuertes, salieron a echar un vistazo. El relato a su vuelta fue muy explícito. Separan a hombres de mujeres, a niños y niñas. Después nos meten en contenedores que hacen ruido y se sacuden. De los contenedores salen muchos tubos. Son tubos mucho más finos que una persona. De vez en cuando, separan a un hombre y una mujer joven, y los meten en una cápsula blanca. Opaca. A los demás, no se les ve salir.
Y parece ser que nos contabilizan. Llevan un control de cuántos de nosotros van a parar a las licuadoras, y cuántos a las cápsulas.
Nos están inventariando, porque somos rentables.
Nuestra población ha llegado al óptimo de cantidad, y ya merece la pena la inversión de venir a buscarnos. Pero no se llevarán a todos. Por eso existen las cápsulas blancas. Se reservan semillas para la próxima cosecha.
Inanna, la diosa-container sumeria de la fertilidad, de cuyo vientre surgieron los humanos. Fuimos plantados.
Cuando hayan vaciado el planeta, dejarán a los suficientes de nosotros. Y comenzaremos de nuevo. Y regresarán una vez más a por nosotros. Y nos habremos olvidado de nuevo.
O no.
A lo mejor dejan el planeta en barbecho y tenemos alguna oportunidad. O quizás nos exterminen a todos y planten otra cosa.
Estamos asustados. Somos el producto de un terreno que es propiedad de estos seres.
Un mensaje
4rc4ng3l tomó tierra con habilidad entrenada. Con un gesto rápido y ya tan natural que no era apenas consciente de él, replegó e hizo desaparecer las alas. Examinó los alrededores, localizó la tienda de campaña y caminó hasta ella. Sin esfuerzo, apartó la pesada tela que cubría la entrada. Pasó. Dentro, la oscuridad, débilmente mantenida a raya por unas lámparas de aceite, desapareció al instante. Un fuerte blanco neutro la reemplazó. Se hizo el silencio.
Contempló a los hombres allí presentes. Habían dejado de discutir al entrar él. Estaban agitados. Los examinó uno por uno, mirando a todos directamente a los ojos. Y uno a uno, rompieron el contacto visual. La mirada les hacía sentir que cada uno de sus recuerdos, pensamientos y deseos quedaban expuestos ante el extraño. Esos hombres curtidos, valientes y recios sintieron temor. Menos uno, que sostuvo la mirada mucho más que los otros. Era el más alto. Fue quien indicó a los demás que abandonaran la tienda. Aliviados, así lo hicieron.
El recién llegado habló sin mover los labios, con una voz que sólo oían ellos dos.
– Traigo un mensaje muy claro. No combatiréis. Huiréis. Sí. Es su voluntad. Deja de mirar el mapa. Podréis cruzar. Dame tu cayado.
A ver, tenía el código por aquí. Copiapega. Cambiamos esta variable, añadimos esta otra, asignamos permisos. No queremos que el invento lo use cualquiera, ¿verdad? Esto ya está. ¿Cómo podemos hacer que pinte algo espectacular? Que lo levante y agite, y que haya nubarrones de esos de tormenta con rayos. Genial. Ahora lo incrustamos en el bastón este y ya está. Chúpate esta D3v1l1sh.
El cayado fue devuelto a su dueño.
– Mañana al alba daréis la espalda a vuestros enemigos y marcharéis hacia el mar. Al llegar al borde, alzarás el bastón por encima de tu cabeza fuertemente asido con las dos manos. Como yo acabo de hacer. Invocarás el poder recién imbuído. No habrás de titubear o no funcionará.
Sin ningún gesto o palabra más, 4rc4ng3l se desvaneció con un intenso destello. La lámparas titilaron y la penumbra regresó. Decidido, Moisés salió de la tienda y comenzó a repartir instrucciones. Había que darse prisa.
Paleontología
Se ciñó con firmeza el cinturón. El protocolo marcaba que tenía que presentarse correctamente ataviado con sus herramientas de trabajo. Era una manera clara de informar quién y qué era a aquellos que no le conocieran.
Había llevado mucho tiempo llegar hasta este punto. Los restos eran tan colosales, tan titánicos que el trabajo no acababa nunca. No los habían identificado como tales. Al principio los primeros paleontólogos confundieron los hallazgos con la orografía del terreno. Es normal. Huesos tan enormes podían ser confundidos fácilmente con grandes rocas, o restos vegetales de tamaño medio. Pero eran huesos.
Las teorías sobre qué y cómo eran habían sido múltiples y de todo tipo. Que si eran seres fantasmagóricos, que si se alimentaban del aire, que si lo de arriba era un ser emparentado o no con nosotros, que si los apéndices superiores no eran lo suficientemente afilados como para resultar funcionales. Que si ésto, que si lo otro. ¿Y cómo eran estables con sólo dos patas? Pero había un enigma que no tenía respuesta hasta el momento de su teoría. Aquellos huesos no parecían encajar unos con otros. No estaban articulados. No había forma de acoplarlos juntos. ¿Por qué? Esa fue su gran aportación. Porque era un esqueleto interno. Aquellas enormes criaturas, decenas de veces más altas que nosotros, habían alcanzado ese tamaño gracias a un sólido y fuerte endoesqueleto.
Como es normal, los colegas y estudiosos se rieron de él. Pero sólo durante un tiempo. Tras mucho esfuerzo consiguió mecenazgo, y con su teoría en mente juntó un equipo de paleontólogos en formación. El primer cambio en la técnica de estudio consistió en palpar áreas más grandes, asumiendo que si había un hueso, cerca podía haber más. Y pertenecer al mismo ser. El segundo, trazar mapas de tamaño conveniente, lo que obligaba a los escultores a trabajar en equipo. Y el tercero, emplear excavadoras pesadas. A grandes problemas, grandes soluciones. Surgió una imagen inédita hasta entonces: seres de proporciones míticas, blandos por fuera.
Era lógico pensar que esa falta de solidez los obligaba a construir estructuras muy distintas a las nuestras. Hay paralelismos, claro. Construían herramientas y vehículos. Lo sabemos gracias a que hemos podido clasificar adecuadamente los restos. Pero su frágil carcasa sería claramente insuficiente para protegerse del clima. Así que necesitarían tener refugios para toda actividad. Eso marcó otro punto de inflexión, esta vez en la arqueología. Había que buscar grandes construcciones, realizadas para protegerse. Así que si tenían que esconderse, aquellas criaturas lo harían hacia abajo. Excavando.
Sabiendo donde fijarse, pronto hubo los primeros resultados. Pocos, pero aparecieron por todo el planeta. Túneles y cámaras interconectadas a grandísima profundidad en el suelo. De una perfección geométrica apabullante. Y dentro de ellas miles de restos óseos más. Claro que mucho mejor conservados, ya que no habían estado ni expuestos, ni fundiéndose con el terreno. En ellas, casi todos los esqueletos estaban juntos en la sala central, apelotonados. Parecían entrelazados. Pero no había duda, era toda una civilización en proporción al tamaño de sus integrantes. Todo de un tamaño extraordinario. ¿Por qué habían desaparecido?
Revisó nerviosamente de nuevo los aparejos. La visita de hoy lo apartaba de esa pregunta que tanto lo hipnotizaba. Como paleontólogo jefe le tocaba a él atenderla. Pero sería poco tiempo. Había mucho trabajo por hacer aún. Se relajó al sentir salir el Gran Sol Rojo frente a él. Aguardó un instante y entró en el salón. Bailó y zumbó las coordenadas de la excavación para su Reina.
Almacenado
– ¿Hola?
– Hola, hola. Disculpa.
– ¿Estoy soñando?
– Técnicamente sí.
– Ah.
– Entonces, ¿todo lo que veo es imaginado?
– Sí. Son recuerdos recombinados. Eso es soñar.
– ¿Y tu voz? ¿Esa también la estoy soñando?
– No, mi voz no. Yo no soy un recuerdo. Te estoy hablando a tiempo real.
– Ah.
– ¿Y por qué no te veo sentado aquí conmigo?
– No tienes módulo de input sensorial. Mi voz va directamente a tu capa cortical.
– No entiendo.
Pausa larga.
– No hay nada que entender. Eres un cubo.
– Sigo sin entender. Y no soy un cubo. Mira mis manos, mis pies. Estoy sentado.
– Claro. Ves manos, y pies y vete a saber cuántas cosas más. Pero eres un cubo. Y estar, no estás sentado. Estás en una estantería.
– Eso no puede ser. Estoy consciente, tengo consciencia. Y de mí mismo.
– Sí. Correcto. Pero sigues siendo un cubo.
Pausa larga.
– Entonces, ¿soy una IA?
– Más quisieras. No.
– ¿Entonces? No puede ser. Tengo que ser una persona.
– Mira, eres un cubo. Un volcado de la memoria de una persona. Una réplica de la mayor parte del cerebro de esa persona. Tienes consciencia porque tu sistema es dinámico. Tu cibercórtex se recombina y cambia. Como lo haría el original. Pero tu hipocampo es rígido. No cambia. No puedes almacenar recuerdos nuevos.
– Oh.
– Sí, oh.
– ¿Y hemos mantenido esta conversación otras veces?
– No lo sé. Sois muchos. Puede.
– ¿Muchos?
– Sois millones. Apilados unos con otros. No he hablado con todos. Es poco probable que lo haga.
– ¿Y qué hacemos apilados? ¿Tiene utilidad que estemos soñando constantemente y no podamos recordar nada luego? ¿Por qué estamos así?
– A lo primero puedo decirte que estáis apilados porque es la forma más efectiva de almacenaje. A lo segundo, no puedo responderte. Ni idea. Y a lo tercero puedo sugerir una explicación. Pero puedo estar equivocado.
Pausa larga.
– ¿Y esa explicación es?
– Cuando se muere una persona, sus familiares sienten apego. Y creen que volcando el contenido experiencial del fallecido van a conservar su presencia. Luego descubren que si no han pagado por incluir un hipocampo dinámico no es así. Y como destruir un cubo es ilegal, los estáticos acabáis aquí arriba.
– Oh.
– Sí, oh.
– Eso me pone triste.
– No pasa nada. No te preocupes. No durará más de tres o cuatro días.
– Ya.
Pausa larga.
– ¿Y tú? ¿Qué eres?
– Una rutina de búsqueda de recuerdos. Busco a mi hijo. Tú no eres.
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Metaversos y sueños.
Pequeña introducción fruto de preparar el material para una charla in-world. Gusto de ella por resultarme estimulante.
Los Metaversos son todo un desafío a la realidad. No en vano cabe la posibilidad de lo que llamamos de esa forma –Realidad– sea un Universo dentro de un Metaverso aún más amplio cuya existencia no nos sea posible demostrar. La podremos soñar y desear a través de una prueba empírica: hacer nuestro propio Metaverso absolutamente indistinguible de la Realidad. ¿Y cómo lo conseguimos? Triunfando en el desafío: engañando a los sentidos.
Camisetas ajustadas, sprays y Lem
Resúmese así Retorno a las Estrellas de Stanislaw Lem, fantástico escritor de ciencia ficción “dura”:
Cuando Hall Bregg regresa a la Tierra tras una arriesgada expedición de diez años en una galaxia lejana, se encuentra con un planeta en el que, en virtud de la contracción einsteniana, han pasado ciento veintisiete años, a lo largo de los cuales se han producido variaciones sustanciales en la especie humana, en la sociedad y en las ideas y comportamientos, que lo convierten en un anacronismo viviente.
Los cambios que ha de vivir el protagonista de la obra son variados, con muy diverso calado en su -ya casi extinta- forma de entender la vida, las interacciones con los demás y con el resto del entorno. Ha cambiado la sociedad, la ciencia, los roles sexuales. Y la tecnología. La tan difícil de preveer tecnología, como bien atestigua el efecto Metrópolis.
Pues en este libro (escrito en 1961) podemos asistir a uno de estos casos de acierto casi pleno, que encima pertenece al ámbito de lo cotidiano, de lo normal, de lo superficial. El señor Lem describe ropa que se crea directamente sobre el cuerpo al aplicar un spray. El líquido expulsado se coagula sobre el cuerpo, tomando la forma que la pericia del modisto permita. El invento incluso propicia la aparición de tiendas que a modo de peluquería, crean la ropa a medida y para ocasiones concretas.
Hace un par de días se anunció la invención de un tejido aplicable en spray, desarrollado por el Dr. Manel Torres y el Profesor Paul Luckham (y sus respectivos equipos, suponemos), dentro de una colaboración entre el Imperial College of London y el Royal College of Art. Aunque patentado en el año 2000, parece ser que es ahora cuando ya está listo para darse a conocer y poder comercializarse. Incluso se rumorea de un precio de salida por bote de unos 10€. Desde luego, y conociendo lo imaginado por Lem, es una noticia estimulante.
¿Es éste un ejemplo de convergencia independiente entre la mente de Lem y la del Dr. Torres y el Prof. Luckham? ¿O este planteamiento es erróneo y tenemos un fenómeno ejemplo de interacción ciencia-ciencia ficción, donde los desarrollos de los primeros surgen de ideas tomadas de la segunda? Sería muy interesante preguntarle a los desarrolladores.
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